viernes, 10 de abril de 2015

Partituras

Llevaban ya días investigando aquella extraña partitura. Haciéndola pruebas de todo tipo. Los científicos se reunían cada cierto tiempo para comentar si se producía algún avance, pero el caso es que todo seguía igual. No se explicaban como se podía haber compuesto semejante obra de incomparable belleza.





Esa misma noche una de las mujeres que trabajaban en dicho estudio, decidió acercarse de madrugada hasta la playa para dar un paseo.

Al rato de estar allí andando, se percató que una silueta pequeña se movía detrás de las dunas, entre los cañizales. Era un niño pequeño que se aproximaba lentamente. Portaba en sus manos un violín. Al situarse frente a ella lo empezó a tocar. Cual fue la sorpresa de la mujer que las notas que lentamente sonaban eran las mismas que habían estado estudiando tantos y tantos días. -La conoces ¿verdad?-la mujer asintió sin poder gesticular palabra alguna. Al terminar de sonar la pequeña obra, el niño cogió su mano a la vez que el faro con su intensa luz amarilla iluminaba intermitentemente toda la bahía sembrada de veleros. La hizo agacharse y susurrándola al oído la dijo: -no te servirá el microscopio para poder ver lo que hace estremecer tu corazón, esta playa como las del resto del mundo, está tatuada de partituras preciosas, las que compone el mar sobre la arena- Al bajar la marea se percató que había quedado dibujado un pentagrama. Las conchas tenían forma de notas y la clave de sol era una caracola. Se incorporó y se dio cuenta de que el niño ya no estaba.

El sol tímidamente empezó a asomarse sobre el telón de la noche. Una brisa fresca revolvió su pelo como las hojas de un árbol. Echó a andar, convencida de que al día siguiente no volvería al laboratorio. No le haría falta porque sabía donde tendría que buscar para disfrutar de esas canciones sin necesidad de analizarlas.


Aitor Irastorza

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